La transformación digital ha cambiado profundamente la forma en que aprendemos, nos comunicamos y participamos en la sociedad. Hoy, niños y adolescentes utilizan internet de forma cotidiana y las tecnologías digitales están presentes en las aulas, en los hogares y en buena parte de las actividades educativas.
Pero que casi todo el mundo tenga acceso a internet no significa que todo el mundo tenga las mismas oportunidades. La brecha digital sigue existiendo, aunque hoy adopta formas mucho más complejas que la simple falta de conexión o de dispositivos.
Las diferencias en las competencias digitales, el acompañamiento que reciben los niños y niñas, la calidad de los usos que hacen de la tecnología o los riesgos a los que están expuestos hacen que la digitalización pueda acabar reforzando las desigualdades educativas en lugar de reducirlas.
Además, el género emerge como uno de los factores de desigualdad presentes en los entornos digitales adolescentes. En muchos ámbitos, las diferencias entre chicos y chicas siguen siendo desfavorables para las chicas, especialmente en lo que se refiere a los riesgos, oportunidades y experiencias digitales.
¿Qué es la brecha digital?
Durante muchos años, la brecha digital se ha asociado, principalmente, a la falta de acceso a internet o dispositivos tecnológicos. Esta realidad todavía existe en algunos contextos, pero hoy ya no explica por sí sola las desigualdades digitales. Actualmente, la brecha digital también tiene que ver con las oportunidades de aprender a utilizar la tecnología de forma crítica, segura y significativa.
Por eso, reducirla no consiste sólo en repartir ordenadores o garantizar una conexión a internet, sino que implica ofrecer formación, acompañamiento y experiencias digitales de calidad que ayuden a niños y jóvenes a desarrollar un uso responsable, crítico, ético y seguro de las tecnologías.
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Hoy, las actuales desigualdades tienen que ver con las diferencias en las competencias digitales; la calidad de los usos que se hacen de la tecnología; el acompañamiento familiar y educativo; la exposición a los riesgos digitales o las oportunidades educativas que ofrece el entorno.
En otras palabras, dos adolescentes pueden tener el mismo teléfono móvil pero no las mismas oportunidades de aprovecharlo para aprender. Una diferencia especialmente relevante, porque los entornos digitales forman ya parte de los espacios de convivencia, aprendizaje y relación de los adolescentes.
¿La brecha digital amplía las desigualdades educativas?
La tecnología puede ser una gran herramienta de aprendizaje, pero sólo si niños, niñas y adolescentes disponen del apoyo necesario para utilizarla. Un proceso que está relacionado con las desigualdades sociales, económicas, educativas y de género.
Las diferencias socioeconómicas siguen condicionando este proceso. Algunas familias disponen de más tiempo, recursos o conocimientos para acompañar a sus hijos e hijas, establecer límites, hablar de los riesgos de internet o ayudarles a desarrollar un pensamiento crítico ante los contenidos digitales. En cambio, otras familias pueden afrontar mayores dificultades para ofrecer este acompañamiento, no necesariamente por falta de interés, sino porque disponen de menos tiempo, menos conocimientos digitales o menos soporte.
Otra dimensión fundamental de la brecha digital es la perspectiva de género. El informe RESET: Retos y propuestas para la revolución digital de los géneros identifica el género como uno de los factores de desigualdad que aparece de forma más recurrente en los entornos digitales adolescentes. En muchos casos, las chicas están más expuestas a determinados riesgos digitales. Los datos muestran que el 73% de las adolescentes de 15 años experimentan contenido discriminatorio en línea y que tienen más probabilidades de ser discriminadas en las redes.
Además estas experiencias tienen consecuencias emocionales. 8 de cada 10 chicas se ven afectadas emocionalmente por las discriminaciones digitales y las agresiones a las chicas en entornos digitales superan en un 10% la media de los países participantes en el informe PISA. El nivel socioeconómico y educativo de las familias también puede amplificar ese riesgo.
Por eso, reducir la brecha digital de género no pasa únicamente por fomentar las vocaciones científicas y tecnológicas de las niñas, sino que también implica garantizar experiencias digitales más seguras, saludables y libres de sexismo.
Los nuevos retos: inteligencia artificial y alfabetización algorítmica
El entorno digital sigue transformándose con la aparición de nuevas tecnologías, especialmente la inteligencia artificial. La integración acelerada de la IA plantea nuevos interrogantes. Por eso, la educación digital debe ir más allá de aprender a utilizar herramientas, sino que es necesario desarrollar una alfabetización algorítmica que permita a los alumnos:
- comprender cómo funcionan los algoritmos;
- saber cómo se recopilan y analizan los datos;
- identificar las implicaciones éticas de las tecnologías emergentes;
- entender el impacto ambiental y humano de la tecnología;
- relacionarse de forma crítica con los sistemas de inteligencia artificial;
- tomar decisiones informadas sobre sus interacciones digitales.
La IA puede ser una herramienta de apoyo para el aprendizaje y la gestión de los centros, pero requiere formación, recursos y acompañamiento para garantizar que se utilice de forma responsable y alineada con los valores educativos y la equidad.
45 entidades reclaman una estrategia para la educación digital en Cataluña
La necesidad de evitar que la tecnología amplíe las desigualdades educativas también ha situado la necesidad de una estrategia compartida de país en el centro del debate. En este sentido, 45 entidades sociales, educativas, culturales, de investigación y de infancia y juventud han reclamado una educación digital que garantice los derechos, bienestar y pensamiento crítico de niños y adolescentes.
La propuesta es fruto de tres meses de trabajo colectivo, que ha culminado con la publicación de una Agenda para una educación digital crítica en Cataluña, con la participación de entidades, expertos, instituciones, docentes, familias, niños y adolescentes. El proceso también ha incluido siete grupos focales en toda Cataluña y tres mesas de trabajo centradas en la inteligencia artificial y el pensamiento computacional, la alfabetización mediática y el bienestar digital.
El resultado es una propuesta para poner las bases de una política educativa digital que no se limite a incorporar más tecnología en las aulas, sino que sea capaz de gobernar la digitalización para que se convierta en una herramienta de oportunidades y no de desigualdades.
Entre las medidas planteadas se encuentran:
- un marco normativo que proteja los derechos digitales, la privacidad y la seguridad de los datos;
- más pensamiento crítico y alfabetización mediática dentro del currículum digital;
- un plan de choque contra la desinformación;
- un protocolo para el uso ético y pedagógico de la inteligencia artificial;
- medidas para reforzar el bienestar digital de niños, adolescentes y docentes;
- mayor apoyo y acompañamiento para las familias;
- y políticas basadas en la evaluación, los datos y la investigación.
Esta mirada es especialmente relevante en un contexto en el que, aunque Cataluña presenta niveles elevados de competencias digitales, persisten diferencias importantes relacionadas con el nivel socioeconómico y el género. Por eso, garantizar el acceso a la tecnología no es suficiente: hay que asegurar que todos los niños, niñas y adolescentes dispongan de las mismas oportunidades para comprenderla, utilizarla críticamente y protegerse de sus riesgos.
Como señala Héctor Gardó, referente de políticas digitales de Equitat.org, el objetivo es situar la equidad digital en el centro de las políticas educativas para que la transformación tecnológica contribuya a generar oportunidades educativas y bienestar para todos.
¿Cómo reducir la brecha digital?
Reducir la brecha digital requiere una respuesta compartida entre administraciones, centros educativos, familias y sociedad.
Algunas líneas de actuación son:
- Garantizar no sólo el acceso, sino también el desarrollo de competencias digitales.
- Ofrecer un acompañamiento adaptado a la edad y necesidades de los niños.
- Formar en uso crítico, responsable, ético y seguro de las tecnologías.
- Reforzar el apoyo a las familias con menos recursos.
- Incorporar la perspectiva de género en la educación digital.
- Prevenir y responder frente a las discriminaciones y violencias digitales.
- Combatir los estereotipos de género vinculados a la tecnología.
- Reforzar la confianza y oportunidades de las chicas en los ámbitos digitales.
- Impulsar la alfabetización mediática y algorítmica.
- Garantizar una integración crítica y equitativa de la inteligencia artificial.
- Crear espacios que equilibren la tecnología con experiencias de desconexión e interacción humana.
La respuesta, por tanto, no puede consistir sólo en proteger a los niños y niñas de los riesgos. También debe permitirles participar, crear, decidir y desarrollarse con autonomía en el mundo digital.

Sergio Cabanelas