¿Qué lugar ocupa la lectura en nuestra sociedad? La respuesta podría ser aquel «cuando seas mayor lo entenderás» que lanzamos como último recurso para zanjar una discusión perdida.
Vivimos en una contradicción permanente entre lo importante y lo urgente; entre lo que decimos valorar y lo que realmente cuidamos. El caso de la lectura es especialmente doloroso: repetimos a diestro y siniestro que es la base del aprendizaje, pero luego apenas aparece en los planes educativos.
Más preocupante aún es que la lectura ha perdido su peso como motor social. Desaparece sin protestas, ni huelgas, sin que se enciendan las luces de emergencia. Con la educación ocurre algo parecido, pero al menos es capaz de generar tensiones visibles. La lectura no genera ni siquiera eso: ¿quién defiende a la lectura?
Cuando miras los datos de mercado te encuentras con otra paradoja. En el segmento infantil y juvenil cada año se venden más libros que el anterior. Wattpad ha convertido a millones de adolescentes en lectores activos y también en autores. Fenómenos como BookTok y los booktubers han creado comunidades masivas que recomiendan libros y convierten novelas desconocidas en bestsellers.
«Leer para conectar no debería ser una aspiración cultural, sino una exigencia de equidad.»
El éxito de “El infinito en un junco” apunta en la misma dirección. ¿Quién podía imaginar que un ensayo de más de cuatrocientas páginas sobre la historia de los libros, escrito por una autora prácticamente desconocida, pudiera tener la repercusión que tuvo? El libro se propagó de conversación en conversación hasta convertirse en fenómeno editorial, traducido a más de cuarenta idiomas y elegido en 2024 el libro español más importante del siglo XXI. Supo tocar algo que sigue latente: la necesidad de una conversación colectiva sobre por qué los libros importan.
Estos fenómenos demuestran que la lectura sí puede generar comunidad. Pero también revelan el problema: esa comunidad aparece de forma fragmentada, espontánea y periférica. Cuando surge, no es gracias a la infraestructura educativa y cultural. Seguramente por eso, y pese a las evidencias, la creencia social sigue siendo que la lectura no interesa y que los jóvenes leen cada vez menos.
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Leer para conectar
El sistema educativo estructura la lectura en torno a tres ejes: aprender a leer, leer para aprender y leer para disfrutar. Los tres giran, en mayor o menor medida, alrededor de una experiencia individual y bastante instrumental de la lectura. El sistema olvida la dimensión social de la lectura, su cuarta dimensión, la que llamaré “Leer para conectar”.
Esa omisión es la consecuencia de una concepción de la lectura como práctica privada que el sistema ha consolidado durante décadas y que ninguna reforma curricular ha puesto seriamente en cuestión.
“Leer para conectar” significa entender la lectura como mecanismo de vinculación: con otros lectores, con una comunidad, con una conversación que lleva siglos en marcha y a la que uno puede sumarse.
Pensemos en lo que ocurre en un aula media. Un profesor manda leer un libro, los alumnos lo leen en casa, y la semana siguiente se hace una prueba de comprensión. El acto lector es solitario, evaluado individualmente, desconectado de cualquier experiencia compartida. Nadie construye nada con lo que ha leído más allá de su propia nota. La lectura escolar, tal como suele organizarse, genera poca comunidad porque no está diseñada prioritariamente para eso: está diseñada para evaluar la comprensión, no para construir una experiencia lectora compartida.
«Lo que no tiene infraestructura no tiene comunidad. Y sin comunidad, leer para conectar no echa raíces.»
La investigación sobre hábitos lectores insiste en que ver a un adulto leer por placer tiene un impacto profundo en los niños, difícilmente sustituible por programas formales de fomento si estos no van acompañados de modelos lectores reales. Pero el sistema no da a los docentes ni el tiempo ni el mandato para ser ese ejemplo.
La dimensión de la conexión ha sido desplazada por currículos centrados en la comprensión técnica, evaluaciones que miden el rendimiento individual y una concepción del aprendizaje que coloca al alumno frente al texto en solitario. Cambiar eso no es añadir una actividad, sino revisar qué se entiende por leer, y para qué.
Invisible
La lectura individual es un acto invisible que no hace ruido ni se exhibe. Va de fuera hacia dentro. Y vivimos en un momento en que aquello que no se muestra difícilmente cuenta: ni socialmente, ni en los algoritmos, ni en la conversación pública.
El deporte genera comunidades visibles, rituales compartidos, identidad de grupo. La música crea sincronía entre personas que no se conocen. Las series se cuelan con facilidad en cualquier conversación. La lectura, en cambio, es extremadamente sensible al campo gravitacional de la soledad.
«Hemos creado mecanismos para distribuir libros, pero no mecanismos para sostener comunidades lectoras.»
La excepción que confirma la regla es la Diada de Sant Jordi: el carnaval en el que el libro se pone una máscara para salir a la calle y ser abrazado como uno más. Un espectacular destello que cuando se acaba desaparece de la vista.
Esta invisibilidad es el resultado de décadas de decisiones sobre qué merece infraestructura cultural y qué no. Otras prácticas tienen sus estadios, sus festivales, sus comunidades de fans. La lectura tiene ferias anuales y listas de ventas que solo siguen los profesionales del sector. La desproporción refleja una jerarquía de inversión que ha dejado sistemáticamente fuera a la lectura como práctica colectiva. Lo que no tiene infraestructura no tiene comunidad. Y sin comunidad, leer para conectar no echa raíces.
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La miopía del canon
La creencia de que los jóvenes no leen es, en gran medida, inexacta. Uno de los motivos de esa idea es que lo que leen no es reconocido como lectura legítima. La sociedad suele tener una idea sesgada y limitante de lo que significa leer.
«Leer para conectar se vuelve imposible no porque no haya lectores, sino porque la jerarquía cultural los hace invisibles entre sí.»
Existe una jerarquía cultural implícita que distingue entre lo que «cuenta» y lo que no. El canon adulto —novela, ensayo, poesía— ocupa el nivel superior. Por debajo quedan la narrativa juvenil, el fanfiction, la escritura digital. El adolescente que devora una saga de fantasía o escribe relatos por entregas en Wattpad no recibe el mismo reconocimiento que el que lee a Kafka, aunque dedique más horas, más atención y más pasión.
Imaginemos una chica de catorce años que ha leído ocho novelas de fantasía, escrito veinte capítulos de una historia propia con lectores reales y participado en foros de debate sobre construcción narrativa. Según muchos indicadores escolares, esa práctica apenas cuenta. Es una lectora y escritora activa con una práctica más intensa que la de muchos adultos.
«Nadie ha decidido que construir comunidad lectora sea un objetivo educativo»
La falta de legitimación tiene consecuencias sobre la identidad lectora: a esa edad, lo que no tiene valor social apenas tiene adherencia. El lector fuerte no encuentra a otros lectores. Leer para conectar se vuelve imposible no porque no haya lectores, sino porque la jerarquía cultural los hace invisibles entre sí. Cambiar esta jerarquía no es una cuestión de gusto. Es una decisión política sobre qué prácticas culturales merecen ser reconocidas y sostenidas por las instituciones educativas.
Las instituciones marginadas
Las instituciones que deberían sostener la dimensión colectiva de la lectura han sido sistemáticamente relegadas a un papel secundario.
Las bibliotecas públicas son uno de los pocos espacios donde la lectura se plantea como bien común, pero no reciben siempre los recursos, el reconocimiento ni el mandato necesarios para asumir un papel transformador. Acaban siendo depósitos de libros cuando podrían ser espacios de pertenencia, nodos de comunidad lectora a los que se va porque se quiere ir.
Las bibliotecas escolares son el caso más claro de oportunidad desaprovechada. En demasiados centros, la biblioteca escolar se parece a esto: una sala con estanterías, abierta pocas horas a la semana, gestionada por un docente a tiempo parcial, sin proyecto pedagógico, sin presupuesto para renovar fondos. Más que una biblioteca es un almacén de buenas intenciones. Nadie ha decidido que construir comunidad lectora sea un objetivo educativo.
«La brecha lectora no es paralela a la brecha social: es una de sus correas de transmisión.»
Los clubs de lectura son un animal mitológico entre los adolescentes: otro síntoma más de que nadie considera necesario construir espacios de conexión lectora. Hemos creado mecanismos para distribuir libros, pero no mecanismos para sostener comunidades lectoras. Y esa es una decisión, no una fatalidad.
Una cuestión de equidad
Todo lo anterior converge en un problema que va más allá de la cultura: la lectura como factor de reproducción de desigualdad.
El hábito lector está fuertemente condicionado por el entorno familiar. Los niños que crecen en casas con libros y adultos que leen tienen muchas más posibilidades de convertirse en lectores consolidados. Los que no, dependen de lo que el sistema les ofrece. Y el sistema ofrece una lectura individualizada, poco legitimadora y sin dimensión colectiva que apenas compensa las desventajas.
La consecuencia es que quien no aprende a leer para conectar en su entorno familiar, no aprende en ningún sitio. La brecha lectora no es paralela a la brecha social: es una de sus correas de transmisión.
Cuando leer para conectar es un privilegio del entorno familiar, y el sistema no interviene para compensarlo, la comunidad lectora deja de ser un bien común y se convierte en un privilegio. La lectura deja de ser herramienta de movilidad para convertirse en marcador de origen. Y ocurre en silencio, sin alarma pública, porque la lectura no tiene quién la defienda como sí se defienden otras desigualdades educativas.
Hacer visible lo invisible
Defender la lectura no puede limitarse a proclamar sus beneficios. Lo que hace falta es activismo cultural deliberado: intervenir en las condiciones que hacen posible —o imposible— que leer para conectar ocurra.
¿Qué implica en la práctica? En la escuela, implica situar la biblioteca escolar en el centro del proyecto pedagógico, con profesionales dedicados y un plan lector que genere comunidad. Implica diseñar momentos de lectura compartida donde el libro sea excusa para el vínculo. E implica dar a los docentes mandato para modelar la lectura, no solo para enseñarla.
En las bibliotecas públicas: repensar su función como nodos de comunidad lectora, con programación estable para adolescentes y misión explícita de construir vínculos.
En las políticas de fomento: llegar a los entornos con menos capital cultural, no solo a quienes ya están predispuestos a leer.
En conjunto: invertir en conectar espacios, personas y entidades donde la lectura se valora y se le otorga un papel protagonista. Es una cuestión de voluntad institucional y prioridad política.
«La debilidad de la comunidad lectora es un problema político que requiere decisiones concretas.»
En ese marco surge “El Camino de Papel”, impulsado por Legiland (caminodepapel.es): no como iniciativa de fomento lector, sino como respuesta deliberada a un problema que el sistema no está resolviendo. La mecánica es sencilla —transformar páginas leídas en distancia recorrida colectivamente sobre un mapa— pero la hipótesis de fondo es que si la lectura se hace visible y colectiva, gana peso social. Es una prueba de que otra lógica es posible: que leer para conectar no es solo un ideal, sino algo que se puede diseñar, organizar y reconocer.
Irene Vallejo recuerda que los libros han sobrevivido gracias a personas que los copiaron a mano, los escondieron, los transportaron a través de guerras y fronteras. Siempre hubo alguien que decidió que valía la pena el esfuerzo.
Hoy la amenaza es silenciosa: la indiferencia sistémica, la falta de prioridad, la ausencia de quien proteste. La debilidad de la comunidad lectora es un problema político que requiere decisiones concretas: de política educativa, de inversión cultural, de prioridad institucional. No hacerlo también es una decisión.
Leer para conectar no debería ser una aspiración cultural, sino una exigencia de equidad. Y las exigencias de equidad no se delegan, se asumen.
Jesús Hernán